¿A quién pertenece el castellano?

Madrid - Photo credit: Charlotte Stokes

La pregunta del título es provocativa. Responderás automáticamente que no le pertenece a nadie, o, mejor dicho, que pertenece a todos sus hablantes.  

Sin embargo, si aceptamos la tentación de asociar el idioma con algún organismo concreto, dos candidatos obvios se nos ocurren: el Instituto Cervantes y la Real Academia Española (RAE), gigantes del mundo hispánico. El Cervantes se dedica a difundir la lengua, mientras que desde 1713 la Academia se ha comprometido, como asegura su famoso lema, a limpiarla, fijarla y darle esplendor. 

Las dos instituciones han declarado la guerra durante los últimos meses, lanzando críticas con una ferocidad insólita. García Montero, poeta, catedrático y director del Instituto Cervantes, desencadenó el conflicto en octubre, afirmando que no tiene sentido que Muñoz Machado lidere la RAE, como abogado ‘experto en llevar negocios desde su despacho’, y no filólogo ni escritor. (Parece que se le olvidó su trabajo como ensayista, y su elección democrática por el pleno de la RAE). El Cervantes perdió la primera batalla: tanto el Senado español como 22 academias de la lengua española condenaron sus comentarios.

Estalló otra crisis a principios de diciembre. La RAE anunció la sede de su próximo congreso, Panamá, y García Montero manifestó su ira, criticando que nadie hubiera informado al Cervantes de la decisión antes de su publicación. Hoy la guerra civil aún queda sin resolución; la falta de noticias nuevas sugiere un alto el fuego, pero no sin tensiones subyacentes. 

Lo fundamental de este debate, sin embargo, no radica en la avalancha de tuits y artículos enfurecidos, sino en el hecho de que ponga de relieve los numerosos desafíos que ambas instituciones afrontan hoy en día. García Montero critica la RAE sin ambages por elegir a un líder metido en asuntos más comerciales que lingüísticos. No obstante, el académico José del Valle ya ha argumentado que el Instituto Cervantes rentabiliza cínicamente el interés creciente por aprender español, mediante las numerosas clases que imparte y los diplomas que ofrece. Es fácil ver la paja en el ojo ajeno, y no la viga en el propio.  

Y esto solo es la punta del iceberg. En realidad, la RAE se enfrenta a una crisis infinitamente más profunda: la de decidir cómo una organización nacida en el siglo XVIII, con objetivos elitistas, puede tener sentido en el mundo de hoy. Esto nos lleva de nuevo al problema más fundamental: el debate entre gobernar y liberar el español. 

En enero, Arturo Pérez Reverte, escritor, periodista y miembro de la RAE, dejó clara su propia opinión acerca del asunto en un artículo cáustico publicado en El Mundo. Enfatizó que la institución debería seguir fiel a sus orígenes y a ese lema recurrente: limpia, fija y da esplendor. Son tres ideales que, a su modo de ver, la RAE ha ido abandonando, priorizando el habla de influencers y youtubers por encima de la prosa de escritores renombrados. Para él, ha dejado de regular la lengua, y así ha posibilitado una invasión de anglicismos, solo por su terror frente a acusaciones de ‘elitismo’. Basta con leer su descripción de la lengua ideal como una ‘conquista’ en dicho artículo para resumir su mentalidad.  

Cualquier anglohablante que se meta en este debate debe actuar con cuidado. Tras crecer en un mundo que nunca ha conocido ninguna institución parecida a la RAE, tendemos a olvidar que otras culturas sí están acostumbradas a tales organismos y los valoran. No se puede responder a Pérez Reverte con ese bagaje cultural; harán falta argumentos basados en la lingüística. 
 
Lo que Pérez Reverte defiende es el llamado ‘prescriptivismo’, el intento de regular una lengua, en contraste con el ‘descriptivismo’, la observación imparcial de su uso. Hoy en día pocos lingüistas respaldarían la primera postura, parcialmente por sus muchas contradicciones. Enaltece a todos los referentes literarios como baluartes del buen uso del idioma, ignorando que el mismísimo Cervantes usaba algunas formas informales y que Santa Teresa de Ávila pecaba de laísta (hablante que usa ‘la’ en lugar de pronombres indirectos). Pretende pulir y fijar la lengua, olvidando que las mismas formas que hoy apoya podrían haber parecido vulgares a generaciones anteriores. Rechaza ‘la avalancha de anglicismos’, como Pérez Reverte la describe, como si el español no contuviera ya un crisol de palabras importadas del árabe y de lenguas indígenas de Latinoamérica. En fin, se opone al cambio, cuando son precisamente este cambio y variación los que enriquecen y reavivan las lenguas. 

Si Pérez Reverte condena a la RAE por abandonar esa mentalidad, no es un insulto, sino todo lo contrario. Pero ¿de verdad se ha convertido la RAE en la organización descriptiva que denuncia y que nosotros (y por qué no, nosotras, y nosotres) elogiaríamos? 

No cabe duda de que la RAE ha dado unos pasos significativos. Añadió 330 novedades a su diccionario a finales de 2025, entre ellas palabras como ‘gif’, ‘piercing’ o ‘loguearse’. Su postura hacia el español latinoamericano también va mejorando. En otra época, la RAE habría condenado formas tan fundamentales para el continente como el voseo. Ha pasado de seguir esta postura anticuada a celebrar abiertamente la actuación de Bad Bunny en el Super Bowl, resaltando su importancia dado el ‘ambiente gubernamental hostil contra el español’. Al mismo tiempo, sin embargo, se resiste a aceptar formas como ‘todes’, ‘todos y todas’ o ‘todxs’ que han proliferado en las redes sociales, insistiendo en que estas no se usan con suficiente frecuencia. 
 
Pérez Reverte acierta en un aspecto: la RAE atraviesa una crisis. Enfrentada a una disyuntiva insoportable, no sabe si debería seguir aferrándose al pasado o dar pasos hacia una política progresista y descriptivista. Al intentar conseguir los dos fines, solo se vuelve cada vez más dividida e insegura de su papel en el siglo XXI. Sin embargo, si logra comprometerse a la segunda opción, podría ejercer una influencia positiva, posibilitando la aceptación de variantes estigmatizadas, y, por consiguiente, de sus hablantes. Entre estos podríamos incluir a personas de bajo nivel socioeconómico, a inmigrantes latinoamericanos que usan el llamado Spanglish y a personas no binarias (un término en sí mismo problemático) que buscan una forma neutra de expresarse. 
 
Así volvemos a la pregunta original: ¿a quién pertenece la lengua castellana? O, mejor dicho, ¿a quién pertenece el deber de cuidarla? A todos los que saben liberarla. 

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